Relato

Cuadro en Recuadro

Adalys María Noriega Rodríguez

__ ¿Para qué? Para mirar los pozos secarse por el sol que se cuela a través de los huecos químicos. Y miro, remiro, y busco. Busco una razón en la mínima acción: un cerrar y abrir de ojos, el dedo se desplaza y toca la tecla, la mano sostiene el maletín, la pluma estira los trazos hasta la nariz y la película comienza a andar en función vespertina o a media noche. ¿Para qué?

Ella continúa su discurso en la sala de un hospital, mientras su oyente va ingeniando la respuesta exacta para modificar la conducta inicial del paciente.

__ Recuerdo. Tenía exactamente dieciséis años. Ella asumía cara y mi padre sello. Pero yo, yo no quería que me lanzaran al aire. Yo tenía otra sensación del aire. Este otro aire era cómplice de mi madre. Ella apostaba cara aunque quería sello, y resultó sello. Se ahorraron el gasto legal, y me quedé con mi padre. Mi padre, así como suena y se escucha. Intentamos prolongar el sustantivo hasta una visión holística del término. El esfuerzo a dúo salvaría al mundo. Y salvamos, salvamos muchos días, tres semanas. Pero yo lo sentía. La calle era muy amplia para mí sola, cómo asimilar en un mismo personaje todo lo que sobrevenía en medio de una sala de cine, o en la calle o en mitad de la acera, inclusive, en el preciso momento en el que abres la puerta y los ojos miran hacia el fondo y aparecen: la mesa, la silla, el reloj y luego la puerta de entrada al microcosmo, a la nada ...

Y sigo rodando la cinta. El padre lanza la moneda al aire, y toda una historia se estremece. Ella se quedó incrustada en la partida, en el adiós maternal que se esfumó como la cara girando en el reduplicado espacio. Habría sido más sublime una moneda sin cara ni sello, y un espacio infinito donde gira y gira sin caer al piso. Pero ésa tenía dolientes y selló la marcha de la cinta hacia un episodio nada original pero con un principio diferente.

Un día puede empezar de diversas formas, dependiendo de cómo uno lo tome. Si se agarra comenzando la mañana, hay que esperar que la cinta ruede hasta la hora en la que se desea iniciar la película. Ella (pueden llamarla como quieran) decidió hacerlo después de las 12:00 m. Sintió fuertes truenos en el estómago, una tempestad estaba a punto de desatarse. JUNTOS SALVAREMOS AL MUNDO decía en los papeles pegados en la puerta de la nevera. Preparó violentamente las pechugas tiradas en la platera y sació a sus tripas malacostumbradas.

__Tres semanas estuve recluida en la casa de mis padres. Durante todo ese tiempo quise asir los recuerdos de los que habría de despojarme en cualquier momento para iniciar mi partida hacia otro sitio desconocido. Pero poco a poco iba desapareciendo el olor de ellos. Jamás volví a toparme con la figura de mi padre. Nunca más sentí la puerta de la calle tropezarse con la pared a medianoche. Salí a la tercera semana. Nadie me vio. Me di a la fuga muy cautelosamente...

Decidió abandonar la casa. Sentía que el cataclismo entraría por debajo de la puerta que da a la calle. Algún día tendría que mostrar su cara al público y no sabía qué aparentarían sus ojos. No los miraba desde hacía tiempo. Sin embargo, tenía la impresión de que habían cambiado mucho. En el lanzamiento, sus párpados se recrecieron y así habían permanecido hasta ahora.

Se le ocurrió buscar una casa abandonada. A veces cuando iba de paseo con su padre veía a más de una en pueblos diferentes. Una casa abandonada siempre espera a un nuevo huésped, le decía él, como un comentario entre los que surgían durante el viaje. Pero a ella le resultó difícil la búsqueda. La costumbre es volarle los techos para que no se adueñen del espacio. Caminó, recorrió hasta que la encontró en mitad de una hilera extensa.

__ Encontré la solitaria casa a las cinco de la tarde. Al final pude dar con una seria. La puerta cedió al segundo empujón. No osaría entrar a las habitaciones. Siempre existen recuerdos íntimos que se violentan con la fractura de las telarañas...

Desde hacía tiempo no sentía el olor casero de unos muebles. Aspiró hasta liberarse el estornudo.

__ Aspiré más de todo lo ajeno: de las paredes, del mantel y de lo poco que quedaba en los potes de la cocina. Los olores eran distintos a los que proliferaban en mi pasado: los de mi madre y mi padre nunca se llegaron a juntar, andaban separados, y se infiltraban a mi piel de la misma manera. El mío era ecuánime, no se apegaba al uno ni al otro, pretendía ser imparcial. Pero allí, en la casa que descubrí, había un solo olor, una mezcla de ropa recién lavada se asociaba con el aroma del brylcreem ...

Sigilosamente ella va levantando las sábanas amarillentas. Descubre muebles, cajones y grandes figuras de yeso que se erigen como tácitos guardianes de la casa. Descongestionó del polvo la sala, los baños y la cocina. Jugó con la espuma que recelosamente fue surgiendo de la barra de jabón pronto a disecarse en medio de la batea donde se le había abandonado por más de medio año. Contempló la danza de las hojas arremolinadas en el centro del jardín interno y terminó dormitando bajo la luz del montón de estrellas que le coronaban, mientras ella soñaba recorrer el cielo en forma de moneda.

__ La primera vez que amanecí en la casa solitaria, desperté en medio del patiecito. Me levanté con la duda de que algún vecino no hubiese incorporado su cabeza por encima de la tapia. Duché mi cuerpo, hasta arrancarle el polvo del pasado. Sentí que los párpados volvían a su estado natural y mi piel se hacía más joven. Respiré hondo, quería que el agua llenara, con nuevos olores, mi infancia, mi niñez y adolescencia. Necesitaba que el líquido lo lavara todo. Recorrí con el agua cada una de mis partes y fui reconociendo mi figura de la que me desentrañé por simple azar. Sentí que nuevamente resurgía mi voz y comencé a balbucear los primeros sonidos. Difícilmente podía modificar lo fonéticamente comprobable y el mamma, mamma, retumbaba en mis oídos como una trompeta ronca. Me sacudí los labios, los batí hasta desformar su sonido en una melodía más relajante; surgió agua, chacha, tata, tata, chacha, chacha. Manché con agua las paredes, y de inmediato comenzaron a aparecer las figurillas de antaño. Reconocí las orejas del conejo, la pipa del marinero y la larga corbata de Don Emilio. Seguí regando más agua por todas partes, hasta que nada quedara por dentro. Todo se fue rodando por el piso y en forma de remolino se lo tragó el sumidero.

Cuando ella llega a la casa, los de por allí piensan que se trata de un familiar de la dueña, porque la señora Amalia (propietaria de la casa), siempre hablaba de sus sobrinas que algún día vendrían a visitarla. Como ella necesitaba un techo y un trabajo, dejó que la película rodara tal cual, que la llevara a donde debía llevarla. A un pariente de doña Amalia nadie podía cerrar las puertas de su casa ni mucho menos mirarle con malos ojos. Entonces:

__ Porque se trata de Amalia, voy a tenerte por un mes para que ubiques a los espectadores en la sala del cine. Luego veré qué hago contigo.

__ Me empleará en algo mejor. Estoy segura.

En esta parte del episodio hace falta dar un nombre. Llamémosla Sara.

Sara tomaba la linterna como sospechosa de sí misma. De cuanta historia pasaba por la pantalla iba impregnándose su vida. Un día amaneció vociferando un fuerte odio por los alemanes, por los aviones y las cercas eléctricas, pero al toparse con las imágenes del paciente inglés, se esfumó la rabia. En la época de la fiebre titánica, era común que soñara con el agua helada penetrándole por todos los orificios de su cuerpo. El líquido le entraba por la boca, por la nariz, por los oídos y luego lo miraba resbalarse en forma de hielo por los ruedos de los pantalones y por el borde de las mangas.

Los espectadores llegaban, y ella debía ir revisando una por una las filas. En cualquier momento alumbraría a un rostro conocido, y entonces saldría despavorida. Tenía miedo de aparecer en los titulares de los periódicos locales o de ser pescada por los sables de los uniformados...

__ Aquel día, no podía sostener la linterna en mi mano temblorosa. Cuando mi padre y mi madre se presentaron en la sala, sentí el deseo de llevarlos hasta ese punto del mar donde se desaparecen las embarcaciones. Ellos estaban juntos, y empecé a rodar la cinta al pasado.

¿Con qué poder soñar, doctor, cuando el viento se ha llevado tu historia? Las monedas hacen círculos y miro a mi cuerpo recorriendo la vía láctea. La mano entra al bolsillo, comienza a estirarse mi imagen: sale la cabeza, el cuerpo, las piernas. Luego me voy con la brisa y ruedo por todo el azulado espacio. Soy cara, soy sello, y sigo invadiendo al infinito. Esta vez no quiero caer. Aguanto la linterna con fuerza. Se sientan y regreso a la puerta del cine. Aún tengo la sensación de sus olores juntándose de nuevo en medio de la sala del cine, pero sobresale el sabor ácido, la carne descompuesta, el olor de la sangre derramada en el descongelador y del cenicero olvidado en la mesita de la sala. ¿Con quién puedes soñar, carajo, si descubres que la tuya no tiene nada diferente? Es tan idéntica a la que rueda por las calles nocturnas. Puede mezclarse con las latas amarilleando en los sacos remendados o los rostros que capturan los focos de los vehículos que buscan hacia las aceras o en los rincones de los edificios. Pueden llamarme como quieran...

 

Sostuvo la linterna. Recorrió el pasillo y los condujo hasta las dos butacas desocupadas, una al lado de la otra. En cualquier momento podía pasar eso; lo sabía, pero no estaba preparada, y empezó a dar tumbos al pasado.

__ Ellos decidieron mi suerte lanzándome al aire. Habría sido más elegante seguir el episodio cotidiano. Se separaron y ya. La gente lo sabe: sentimos a coartadas y los olores se van para dar paso a nuevos olores. Así es. Pero la mía quiso ser más genuina e imponer una nueva moda. La situación económica te lleva a jugar a cara o sello, decía. Toda la vida es una jugada a cara o sello. Las historias se lanzan al espacio y se apuesta a cara o sello. A veces veo volar libros y unas páginas caen detrás y otras delante de las rejas de la cárcel. El libro abre sus alas arriba y desde abajo una larga aspiradora va seleccionando, mientras los ojos cómplices del acusador contemplan la escena. La mano del juez da duro en la madera y los otros ojos, los dolientes, tratan de recuperar la versión real lanzada al aire.

Ella abandonó la sala y se deja llevar por el ruido nocturno. Sigue el camino de las aceras y va a dar al conglomerado de las avenidas. Se deja seducir por el movimiento. Intenta asir otra historia en una noche de estrenos.

__¿Con qué puedes soñar? Las calles están repletas de basura. El puñal se siente caliente detrás, y tienes que dejar que la correa se deslice por el brazo. A veces recuperas tu identidad en un pipote, o la ves navegando por el agua que corre por el pavimento...

Se pierde entre las voces. Las luces alumbran su rostro y ella sigue hurgando. Mira al suelo. Copia el trayecto de los pasos delanteros. Los pierde y recupera otros. Se deja llevar por el ruido de la noche. Las manos se tropiezan y se concretan citas. Fluye el humo y ella sigue andando tras la sombra oscura. Su mano tropieza con otras; se estira y aspira una y otra vez.

__ Yo lo sentía, me perdería en mitad de la calle tan amplia. Nunca pensé que la noche podía ser infinita. Por las orillas de las carreteras las historias de los solitarios se trasladan de cuerpo a cuerpo. Tienes que detener el rumbo, porque te tragan los focos, o las manos que se pasan lo dado o el humo o las sirenas. Al otro día desperté en una habitación cualquiera, y mi historia empezó a rodar para dos; pero regresé al lugar de la partida y retomé mi segunda historia. Ya no tenía miedo de las luces alumbrando caras conocidas. Quería que me vieran, que reconocieran mi rostro vivo en medio de la sala.

__ ¿Me dará un mejor puesto? -le dije-

__ A un familiar de Amalia no se le puede negar nada – me contestó-.

__ Ocho meses pasé en el lugar donde se entregan las entradas. El dueño me mantuvo en el cargo a pesar de que mi vientre se veía cada vez más recrecido. Siento que el agua está a punto de salir y que desde dentro fluirá una historia que no quiero lanzar al aire. Sabía que la noche me tragaría. No sólo la noche, sino también el día se puede tragar sus sueños, los de ella. ¿Qué le puedes ofrecer cuando la calle está repleta de basura y los puñales se tropiezan por las orillas de las carreteras? Ya ni siquiera los perros ladran para evidenciar el ataque. Antes los mirabas en fila recorriendo las avenidas, pero ahora se marchan a ocupar las tribunas de los salones donde sus garras gruñen a la luz de los bombillos escabrosos.

¡Cuántos años han pasado desde que abandoné la casa de mis padres! En medio de esta sala con olor a medicinas, pronto duplicaré mis olores y tengo miedo de que anden separados, de que no se quieran hacer cómplices y se mantengan imparciales. Sabía que la oscuridad me tragaría con sus enredos. ¿Qué se puede esperar de la noche cuando marchas sola, cuando la linterna ha enfocado los rostros de los que te lanzaron al aire como la misma moneda?

__ ¿Para qué? Diga usted, ¿para qué? ¿Acaso sus manos pueden entrar hasta lo hondo, sacar la historia y colocarla en un país distinto? Quiero que el cuadro tenga su propio marco, que sea original. Pero el agua puede colarse por debajo de la puerta de la casa de mis padres o salir, está bien, de la regadera de la casa de Amalia, hasta estancarse en la acera donde la secarían los rayos que, según mi padre, salen por los huecos que están minando al cielo. Entonces, para qué...

__ Para asir la razón y cambiar el rumbo de lo que rueda. El cuadro puede tener su propio marco. La justificación vendría de adentro hacia fuera y no de afuera hacia adentro. Respira, respira y sigue expulsando...

__ ¿A qué se parece mi historia? No es tan común, porque rueda por las calles con trajes diferentes. No quiero ser el espejo para que otros se miren. Mi madre ha sido genuina. No es simple anécdota. En este país vale todo.

Siento que el agua va a fluir, pero desde dentro de mi vientre, y no voy a detener la historia que quiere hacerse una con la mía. Pues, para eso, para que el cuadro sea original.

Pueden llamarla Sara o como lo deseen. Lo que haya pasado con la dueña de la casa no es historia relevante. Eso podría tratarse luego. En cuanto a ella, no se le puede negar nada.


Adalis Noriega nació en Maracaibo en 1963. Participó en los talleres literarios organizados por la Casa Ramos Sucre, en Cumaná. Cuentos suyos han sido publicados en varias revistas del oriente del país. Tiene publicado un libro "Entretelones" e inéditas investigaciones sobre folklore y varios estudios lingüísticos. Actualmente ejerce la docencia en la Universidad de Oriente, Núcleo de Nueva Esparta.


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