Déjenle a ella su muerto

Armando Angulo

Déjenle a ella su muerto.

A veces es conveniente llevar el muerto adentro y no estar rezándole las veinticuatro. Como ninguna lo vio desleírse hasta el rabito, subsumirse en un apartado rincón de quehaceres, en un antivivir cargado de una solidaridad tremenda.

Aquella vez había demasiado verano. La gente tenía secas las palabras. El calor doblaba las sombras, comprimía el viento del norte, aguantaba un rebaño de piraguas. Y él apareció de pronto como el fuego, como el vientre del dragón, como la misma llama que abraza y chamusca los labios. Cují prendido en las entrañas, cardón que incidía sobre la carne y defendía la entrega de su fruta roja y viva. Bajo la luz del sol ácido y picante era un dios de fuego incitante y moreno.

Ella lo amó como se ama lo que sólo debe amarse una vez. Besándole al ídolo los inmensos pies de barro para luego recibir como un ánfora su miel de niño, su alma comprimida de ternura, la pequeñez de un hombre ante la inmensa maternidad de la amante.

Y él fue todo un dejar las cosas en el lenguaje de la guitarra, en la música del verso y en no ir más allá del sueño.

Por eso fue que la penetró tan adentro, tanto, que ni siquiera ella misma podía encontrarlo. A veces lo buscaba en el fondo de sí misma como cuando se buscan las cosas que se quieren medir, pesar, contar o retener, pero jamás pudo encontrarse un solo pedazo de aquella mezcla embriagante de cuerpo y sentimiento, de palabra y canción, de bien y mal. Y ella había llegado a la conclusión de que él ya no existía, que se había extendido en forma tan homogénea y pura en su inmensa cámara de amor que ya no era forma sino entraña.

Cuando un hombre se va así, como se fue él, tan lentamente, pájaro mudo, con la vida demasiado hueca para retener el viaje de la palabra acariciante, demasiado apretado contra sí mismo, siendo los dos una resta de vida y de muerte irremisiblemente inclinada al sustraendo, se sufre en toda su plenitud la existencia.

Y ella no sabe ahora si en realidad lo vivió o lo murió, está demasiado confusa en su mezcla de amaneceres inconscientes, de languideces y desesperanzas, que uno no puede pedirle que cargue con un rebozo de humildad por lógico y natural que parezca. Déjenle a ella su muerto. Bastante que luchó para que el agua no se lo llevara. El lago venía todo hasta su casa buscándolo y ella tejiendo retamas de palmas y de fibras arrancadas con sus propios dedos a las orillas. Por lo menos un poco de su sangre tiene ese cajón de cocoteros. Y el oleaje siempre viniendo hasta su casa, pasando por las calles y avenidas, subiendo La Limpia arriba, buscándolo. Y ella conteniéndolo con su dique de amor, luchando y batallando contra la boca del agua, contra su lengua demasiado salada para ser buena, contra su inexplicable obstinación. A veces pensaba si es que al lago le gustaban los cantores y los poetas y los soñadores o los borrachos de amor. Ella conocía la sed de las arenas, la atorada garganta del desierto, un Tánger cálido y brutal. Pero la sed del lago, así, tan persistente, salpicando la cama del hombre que se iba sin decir nada, pájaro mudo, tan sólo con su mirada larga como arco iris, la desconcertaba, máxime cuando sabía que el agua había pasado la Cañada de Morillo y se dirigía toda hacia las puertas de su casa en actitud de reclamo. Ella podía luchar contra el mal, pelear aquel calor de un día, fuego de vientre de dragón, llama abrasadora que chamuscaba los labios, discutirlo hasta en las propias puertas del no ser, pero la altivez de la marea era tan fuerte que ella la presentía más alta que la pleamar de su sangre.

Yo había pasado por un puente de curanderos y de médicos, de salmos y oraciones, de las bombas de oxígeno allí pegadas como un susurro de permanente adiós, adiós. Y él es posible y puede ser un milagro, y mira como se pone flaco y ya no mueve los brazos y ya tiene los labios demasiado pequeños para las palabras. No le importan las tres lochas ni el muchas gracias tan sólo con la esperanza de salvarlo. Y a pesar de eso el lago seguía subiendo hasta un nivel demasiado atrevido, La Limpia arriba, hasta las puertas de su casa.

Por eso ahora resulta intrascendente la palabra sentido. Para una muerte así toda frase es vacía de contenido. A ella ni le viene ni le va, ahora que la marea se ha elevado por encima de sus huesos, que se ponga un límite a su angustia. Me parece que le gustaría mejor quedarse sola, libre, inmensamente suya, sin el hurto de la palabra sentido, sin nada que menoscabe su pureza, para que pueda pertenecerle en muerte toda la inmensa suma de amor que le perteneció en vida. No, que ella no quiere pésames, ni Dios lo quiso, ni hay que ser conforme. Ella quiere su muerto entero, en el punto exacto de su transmutación, en el encuentro de dos viajes, el de la vida y el de la muerte, justo en el límite de la eternidad.

Por eso déjenle a ella su muerto. A veces es conveniente llevar el muerto adentro y no estar rezándole las veinticuatro. Qué va a hacer ella ahora con ese tránsito de lutos frente a su puerta después de que el lago le barrió todo lo más íntimo, casi hasta llegar hasta los límites del recuerdo. Ella los hubiera querido a todos juntos como un gran dique humano que les sirviera de escudo contra el agua, contra el lamer incesante de ese perro lago obstinado en llevárselo. Pero ahora que le da lo mismo de un más allá o un más acá, que lo lleva todo consigo, su vida y su muerte, que todo él le pertenece como un monstruo sagrado o un niño dormido, de qué le sirven los lo siento mucho, los hágase la voluntad de Dios, los la acompañamos en el sentimiento. A ella nadie puede acompañarla ahora, déjenla sola, con su muerto a cuestas, con su vida adentro, infinitamente elevada y sublime como para acompañarlo a las puertas del cielo y retenerlo.


Armando Angulo (Cabimas, 1928), se graduó de abogado en la UCV. Publicó el libro de poemas para niños Calendario de Nacario.


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