Permiso para subir

a la altura del olvido

Ismael Felipe

 

Toqué las puertas de la risa y me burlaron. Pisé los adoquines, las esquirlas y las alfombras de un te quiero almidonado. Trepé los aposentos de la espuma, del miedo y del espanto. Me adentré. Anduve. Troté. Esquivé salté y me empujaron. Los verbos, los sujetos, los objetos (y el calor, con su crujiente cortina de hojas secas), cedieron, me abrieron paso hasta allá, al mismo fondo del olvido. Olvido, creo que dije. Llamé. Grité. No respondieron mi llamado. Pienso que me senté (no lo recuerdo ahora, pero no importa), sobre una tarima de palabras, de versos, de jirones, de aliento. Un alfabeto adusto y ocre me desató de un tajo los zapatos. Me penetró hasta el metacarpio de las penas. Me hirió y sangró conmigo hasta el alba. Soñamos y, hechos carne y uña, dedo y llaga, despertamos ante el umbral impresionista de un sueño a campo abierto, luz del viento, una muchacha. Una muchacha loca y amplia, una muchacha ebria es el olvido. Una muchacha en mangas de camisa, desmadejando al aire negrísimos cabellos, trotando desnuda en sórdidas melenas de la tarde.

Una muchacha triste, con ojos de aguaclara y despoblada, con música, con góndolas, con labios y amapolas, dramática, sinfónica, mordaz. Una muchacha lúdica, pálida como una lámpara en el baldío. Una muchacha púdica, cúbica, pública coral, sola y difusa, y el olvido. Permiso, dije para entrar, y entré al olvido. Abracé a la muchacha. Moldeé el poema por su esquina más dúctil y la engullí. Era un poema fibroso, carnal, de jugos transeúntes y embriagantes, tan limpio como el fuego. Metálico, frutal. Un poema lavado de recuerdos, óptimo para el olvido. Había perdido la memoria en un recodo del camino. Era un poema erecto, viril, con su guitarra blasonada de silencios, con la alegría rota en un falsete y la tristeza muerta y desolada. Un poema desnudo, como la muchacha en mangas de camisa. Un poema sin nombre, como todos los hombres.

Estoy dentro -dije- y no me salgo. Enciendo mis tabacos y la más bella espuma de mar la invito a que entre y te sientes. Toca. Palpa. Desnuda a la muchacha. Restriégate el poema por el iris, por las carnes. Te invito: entra al olvido, no hacen falta artimañas. Aquí, plácido el poema, con toda la piel poblada de amarguras, latiendo en carne viva, te invito a sentar verdades de caribe, de ínsula cubierta de salitre. Ven, no te acobardes. Oye al olvido, diciendo el nombre de las cosas por su nombre. Contándonos su historia sin historia. Y Heráclito, su fuego, los puentes y los gatos y los pasadizos. El hombre olvida. El poeta olvida. El amigo. La muchacha olvida. Toda una geografía que palpita a borbotones, mentando madres, diciendo amor como bazooka, ardiendo en llamas de ternura, óyelo. No es un paisaje acompasado y mustio. No es un cassette para colección. Es más......olvida, ya no podrás salir. Eché las siete llaves del olvido. Eche pasiones en esta tierra de Porlamar tan olvidada y resignada al olvido por sus gobernantes y habitantes.


Ismael Felipe, Porlamar, 1961. Estudió letras. En los actuales momentos preside la Asociación por un Buen Cine en Margarita.


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