Poemas de David González

En todas partes la N vacía de tanto infinito: N calles y cállese, N parques, N bares, N discotecas, N teatros. N poemas, N hombres, N nada, N todo, N siempre, N nunca, N asco N, N metáfora de N metáfora de otra máscara N, no del N rostro que cambia, claro, cae, sufre, se levanta, ríe, se muere, y a veces antes es un algo, sino de otra máscara N que sospechamos N veces que podríamos ser, cuando en realidad o en mentira (eslomismo) somos N ¿Cuál? La N vacía porque tanto conjunto considerado completamente es (grima) vacío y no un hombre, un tú-mí simple con sus casos y cosas y no en el único reinado posible que tenemos a los ojos N sistema, la casilla, el nombre N de las estadísticas.

 

Impulsados por la noche, antes del roce y los rubíes de la miel de la carne, sin decirlo, encontraron una fiesta, una tela que se quemaba, la anticipación feliz, redonda, polivalente, de encontrarse y despedirse temblando, soñando esta forma como una negación de la forma, de la arquitectura, un simple y sencillo olvido del nombre, una frontera de pulpa que florece en lágrimas, en risa, un nos fuimos para adentro encontrándonos. Qué gusto este trozo de ventana, esta calle, este cielo, sin saber dónde, cuándo, cómo y si sería posible.

 

Hoy por la tarde volví a ver el círculo, toqué su agua espesa. La barca iba y volvía de una orilla. Yo sacaba la cabeza por una ventana del camarote imantado por la sal y la música del viento, pero apenas resistía un instante. Entre las paredes y el techo tenía un sol, una luna, y tantos astros de papel brillante.

 

Ante el esplendor neto de la plenitud física, desapareció el bosque de robles, su esmeralda de hierba y musgo. Miré el río como si me mirase a mí mismo.

Recostado sobre un viejo tronco, el tacto de pólvora íngrima de mi deseo era un pañuelo blanco que muchas veces se blande en medio de la guerra.

Sin darme cuenta me encontré en la intemperie. Tuve, lentamente, una ventana ámbar, un poco de arena que caía en el mapa oscuro del páramo. Toqué el sonido hacia atrás de mi fósforo para coger un palmo de mi otra raíz, de mi humus germinativo. Comencé a oír las hojas que el viento me desprendía y recobré la vista, el manantial entre los árboles.

 

Ayer con el aroma de la luz suavizada, ya con el escudo vivo del otoño- sus franjas son un arco de colibríes sobre el pensamiento del agua-, encontré otra forma intensa de la mirada: voz de chopos, pulpa de fruta fresca, su expansión perfumada.

Tenía un ojo de hojas y sonreía para que desnuda el viento escribiese una casa, o si acaso lo intentase. Pensión de nube escarlata; la vuelvo a desear con su oso hormiguero-pájaro-caballo que entras y sales de las playa, barquito de papel-pequeño gorrión-lluvia nueva-manos de viento donde todo es para todo y nada viva que habla con la risa que se escapa.

Ayer no era el télex, el teléfono, el telegrama, pero tampoco es un hueso blanco todavía; ayer podría ser mañana policromado, otra estela, un lujo de la cercanía, un puente, o una mano que pinta un puente y baja hasta el agua y tiembla.


David González (Barinitas, 1965). Lic. en Letras (ULA). Con su poemario No hay casas fuertes obtuvo el Tercer Premio de Joven Poesía en 1990 (Mérida). Actualmente vive en Sevilla, donde cursa estudios de Literatura Hispanoamericana.


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