

El gesto inaugural
Escribir con el solo propósito de hacerlo para decir que nunca hacemos nada -tal como era una de las preocupaciones de Antonin Artaud-, no constituye para nosotros una herejía, ni un dispendio de horas caídas al azar cotidiano. En todo caso un aguacero de palabras hilando ideas para hacer de nuestra realidad viva materia más allá de las cosas que refleja. Pero reunirse alrededor de las mismas visiones, del apetito común para forjar realidades diferentes (esos apetitos que quisiéramos a un tiempo saber y soñar), es una empecinada manera de "perder el tiempo" por estos santos lugares. Porque reunirnos en torno al propósito de una revista de Arte y Literatura, por ejemplo, que sirva de prótesis a nuestra manera de decir, o de soñar que no sea la forma acostumbrada de muchísima gente en la región, ya es una ambición poco menos que arriesgada.
Sin darnos cuenta, todos a la vez, dormidos o despiertos hemos renunciado a envejecer cual sentados espectadores del naufragio de la paciencia sin límites. La paciencia que lenta e inexorablemente coloca otra piel en acomodo al ritualismo como peso de cotidianidad.
Esta quinta edición de Tropel de luces, nos subleva de la vieja e inveterada superstición de la mala cifra: el cuatro. Convivir con esta vocación progresiva, de ámbitos variables al que accedemos como espacio para el cultivo de la palabra, se ha constituido en nuestra manera de realizarnos.
Crecemos en acomodo a la experiencia vivificante de ver crecer esta criatura verbal múltiple y comunicante entre los que amasamos el alma de esta presencia. Hay -eso dicen- una memoria personal- y una memoria de los otros, esos extraños; la memoria de los iniciales desvelados cuando este sueño era apenas una duermevela, la del gesto inaugural.
La naturaleza emotiva en que va envuelta nuestra imaginación, sobre todo cuando sirve a la exaltación de lo mejor de esta región de letras que somos como resuello de lo sublime, en nuestra cultura de ínsulas, nos obligan a señalar que ésta vive ahora en permanente sobresalto. El proyecto de Ley de Cultura del estado Nueva Esparta, en su respiración, no va más allá de un manual para distraídos. Su improvisada artesanía no quedaría mal como escultura en nuestros boulevares donde reina eso que el maestro Umberto Eco llama "La fruición desatenta".
Pretender conceptuar la cultura desde la óptica de gabinete burocrático, es inflingirle un carácter de servicio público con que el Estado miope, éste incluido, pretende percibirla. La cultura no debe entenderse ni remotamente como una actividad preestablecida del Estado, simplemente porque este no la crea, ni la imparte, ni la impone... Más importante aún que saber lo que una obra significa puede ser preguntarse con Claude Lévi Strauss, sobre lo que una obra transforma, Lo que nos transforma mirándonos desde nuestro vericuetos perceptivos.
Luis Emilio Romero
Luis Emilio Romero (Coche, 1957) Poeta.
Ha publicado Descalzo (poemario).
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