Una cultura para defender "el alma de la nación"

Chela Vargas

Este proceso de cambio exige, como cuestión fundamental, emprender la construcción de los nuevos valores propios a la sociedad y a la cultura que queremos diseñar. Para esto es necesario, reforzar espacios sociales donde se cultive la solidaridad, el sentimiento y el sentido de pertenencia. Reconstruir lo que para el pensador francés Renan significa "el alma de la nación": "la posesión de un conjunto de recuerdos, el deseo de vivir juntos y la necesidad de darle valor a un patrimonio que se tiene como indivisible". Contra la reafirmación de estos valores conspira el avance de una racionalidad instrumental que los arrincona, construyendo espacios sociales racionalmente ordenados en un mundo donde dominan el consumo el individualismo y el afán de lucro, que conduce al empobrecimiento y la homogeinización de la cultura.

Tomar conciencia de esta situación significa crear las fortalezas que nos permitan defender la personalidad histórica de nuestro mundo "ese espacio de lo telúrico, de la geografía entronizada, donde la vida aún no está totalmente colonizada por la racionalidad, donde el verde de lo inmediato no ha sido subordinado al gris de la técnica, de la burocracia, del número y el cálculo, la vida urbana, la racionalización normativa, el rendimiento" (Folliari, 97).

Con las armas de la espada y la cruz, esta racionalidad colonizadora y "civilizadora", intentó avasallarnos, pero tropezó con la resistencia de nuestros pueblos. Se gestó así la síntesis, como anota Folliari, de "lo real maravilloso latinoamericano, aquello que se expresó en nuestras novelas desde García Márquez a Carpentier. El sabor a lo no totalmente domesticado; a la heterogeneidad de campos en convivencia y superstición, a una culturaincorporada pero no totalmente asumida, esta especie de mezcla, de collage en acto que lleva a confundir con el ensueño (...) Latinoamérica, modernizada pero nunca del todo, la de las ciudades más abigarradas del mundo, la de lo urbano más rústico y azaroso, en tanto es lo rural lo que pertenece y lo nutre con su flujo incesante de desocupados" (Folliari97).

En esta, nuestra mezcla, ingredientes racionales y otros aspectos de estas culturas persistieron, están presentes y son necesarias en la estructuración de nuestras sociedades. Esto significa, que no podemos reducir el concepto de identidad a las raíces, al pasado. Por el contrario, ella es producto de un proceso histórico dialéctico, de síntesis, que se recompone en cada etapa y donde persisten, enriqueciéndose nuestros valores.

Se nos plantean entonces, estas interrogantes: ¿Cómo recomponer nuestra identidad en esta etapa crucial que vive hoy nuestra cultura? ¿Cómo combinar lo técnico y lo simbólico, la instrumentalidad y la identidad, sin dejarnos avasallar por las nuevas tendencias globalizantes y "modernizadoras?


Chela Vargas (Caracas, 1934). Por largos años docente en la Universidad Central de Venezuela.


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