El poder de la tradición literaria

Juan Carlos Chaperón

 

Cuenta la leyenda que una vez Stalin preguntó cuántas divisiones tenía el Papa. Lo que sucedió en las décadas sucesivas nos ha demostrado que las divisiones son naturalmente importantes en ciertas situaciones, pero no lo son todo. Hay poderes inmateriales, no mensurables, que de algún modo tienen peso propio.

Estamos rodeados de poderes inmateriales que no se limitan a lo que denominamos valores espirituales, como una doctrina religiosa. Un poder inmaterial es también el de las raíces cuadradas, cuya ley severa sobrevive a los siglos y a los decretos, no sólo de Stalin sino también del Papa. Y entre estos poderes, está el de la tradición literaria, vale decir el complejo de textos que la humanidad ha producido y produce, no con fines prácticos sino más bien gratia sui, por amor a sí misma, y que se leen por placer, elevación espiritual, ampliación de los conocimientos.

Es verdad que los objetos literarios son inmateriales a medias, porque se encarnan en vehículos que habitualmente son de papel. Pero en una época se encarnaban en la voz de los que recordaban una tradición oral, o en piedra, y hoy discutimos el futuro de los "e-books".

¿Para qué sirve este bien inmaterial, la literatura? Bastaría responder, como ya hemos dicho, que es un bien que se consuma gratia sui y por lo tanto no sirve para nada. Pero una visión tan descarnada del placer literario corre el riesgo de equiparar la literatura con las palabras cruzadas.

La literatura permite ejercitar la lengua. Sobre todo, la lengua como patrimonio colectivo. La lengua, por definición, va donde quiere, ningún decreto celestial ni político ni académico puede detener su camino y hacerla desviarse hacia situaciones que pretenden ser óptimas. La lengua va donde quiere pero es sensible a las sugerencias de la literatura. Sin Dante no hubiera existido la lengua italiana unificada. Dante, en De vulgari eloquentia, analiza y condena los distintos dialectos italianos, se propone modelar una nueva lengua vulgar, y La divina comedia le dio la razón. Pasaron siglos para que esa lengua vulgar fuera hablada por todos y lo logró, porque la comunidad de aquellos que creían en la literatura continuó inspirándose en aquel modelo.

Pero la práctica literaria pone también en ejercicio nuestra lengua individual. La lectura de las obras literarias nos obliga a un ejercicio de fidelidad y de respeto en la libertad de las interpretaciones. Existe una peligrosa herejía crítica, típica de nuestros días, de acuerdo con la cual se puede hacer lo que a uno se le antoje con una obra literaria. No es cierto. Las obras literarias nos invitan a interpretarlas libremente, porque nos proponen un discurso con múltiples planos de lectura y nos ponen frente a la ambigüedad del lenguaje y de la vida. Pero para poder proceder en este juego, en el que cada generación lee las obras literarias de modo diverso, es preciso actuar movido por un profundo respeto hacia lo que podemos llamar la intención del texto.

Hay ciertos personajes literarios que emigran. Podemos hacer afirmaciones verdaderas sobre personajes literarios porque lo que les sucede está registrado en un texto. Es cierto que Ana Karenina se suicida. Pero ciertos personajes literarios, no todos, salen del texto en que han nacido para emigrar a una zona del universo que resulta muy difícil de imitar.

Han emigrado de texto en texto (y a través de adaptaciones diversas, de libro a film o a ballet, o de la tradición oral al libro) tanto personajes de los mitos como de la narrativa. Ulises, el Rey Arturo, Alicia, Pinocho, D’Artagnan.

Estos personajes se han convertido de algún modo en colectivamente verdaderos, porque la comunidad, en el curso de los siglos o de los años, ha hecho inversiones pasionales en ellos. Nosotros hacemos inversiones pasionales individuales en muchas fantasías que podemos elaborar con los ojos abiertos o en la duermevela. Podemos conmovernos de verdad imaginando la muerte de una persona que amamos, o experimentar reacciones físicas fantaseando que tenemos una relación erótica con esa persona amada y, del mismo modo, por procesos de identificación o de proyección podemos conmovernos con el destino de Emma Bovary, o como les sucedió a algunas generaciones, ser arrastrados al suicidio por las desventuras de Werther.

Pero si alguien nos preguntara si, verdaderamente, la persona cuya muerte hemos imaginado está muerta, responderíamos que no, que se trataba de una fantasía privadísima. En cambio cuando se nos pregunta si de verdad Werher se mató, responderíamos que sí, y la fantasía de la que hablamos ya no es privada, es una realidad cultural en la que coincide la entera comunidad de lectores. Más aún, si alguien se suicidara sólo porque ha imaginado (aun sabiendo que se trataba de un producto de su imaginación) que su amada está muerta, juzgaríamos que está loco, mientras que trataríamos de justificar de algún modo a alguien que se matara por el suicidio de Werther, aun sabiendo que se trata de un personaje de ficción. Deberíamos entonces encontrar un espacio en el universo donde esos personajes viven y determinan nuestros comportamientos, a tal punto que los elegimos como modelo de vida nuestra y de los otros, y nos comprendemos muy bien cuando decimos que alguien tiene el complejo de Edipo, un apetito gargantuesco, una actitud quijotesca, los celos de un Otelo, una duda a lo Hamlet o que es un Don Juan.

Todas las grandes historias nos dicen lo mismo, en todo caso podría sustituirse a Dios por el Hado o las leyes inexorables de la Vida.

La función de los cuentos inmodificables es precisamente ésta: contra nuestro deseo de cambiar el destino, se nos hace tocar con la mano la imposibilidad de cambiarlo y de ese modo, cualquiera que sea el suceso que cuenten, cuentan también nuestras peripecias, y por eso los leemos y los amamos. Necesitamos la severa lección "represiva" de esos textos inmoficables. Estos relatos ya hechos nos enseñan también a morir. Creo que la educación acerca del Hado y de la muerte es una de las principales funciones de la literatura. Quizá hay otras, pero ahora no me vienen a la mente.


Juan Carlos Chaperón (Buenos Aires, Aregentina, 1946). Licenciado en filosofía. Anda metido en el meollo de saber el por qué de la creación artística.


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