Arturo Millán

arqueólogo de la luz

Luis "Lucho" Velásquez

 

Dios creó el mundo-dicen-

Y en el séptimo día

cuando estaba tranquilo descansando,

Se sobresaltó y dijo:

He olvidado una cosa:

Los ojos y la mano de Picasso.

Rafael Alberti

Arturo Millán, porlamarense, niño de corrosión de mar. Inquieto enamorado de los blanquizales de aves o inmersión brusca de los alcatraces que coleccionará en la memoria del baúl. Nace en la ciudad de Porlamar en el barrio el Brasil. Cuando un barrio producía artistas, escritores, científicos y hombres de trabajo cultivadores de perlas. Él se inculcó desde niño la difícil ilusión de ser pintor; no por casualidad, en una de sus noches de cavilaciones me dijo, "yo me llamaba pintor en el barrio El Brasil" y así se comenzó a correr por todas las casas del barrio El Brasil que el hijo de Sabina Millán era pintor.

"Un día en mi casa tocó a la puerta un señor, y preguntó si era en esta casa donde vivía el pintor. Abrí y dudé sobre la respuesta. Y le dije que sí, que yo era pintor. Entonces el señor, en su ingenuidad, me dijo: ‘es que yo vengo para que me pinte el frente de mi casa’. No señor, yo no soy pintor de esos. A partir de ese instante, cuando alguien me llama pintor le digo que no lo soy".

Confiesa que conoció cuando niño a Erasmo Orta, quien pintaba letreros y vallas de publicidad, allá en Guaraguao, donde el río va a morir en el mar. Por curiosidad interior estuvo en contacto con las primeras manifestaciones del color. Este señor en sus momentos de divertimento se dedicaba a pintar al óleo sus típicos cuadros marineros; de esas horas de observación y de pasión por el arte surge Arturo Millán; y por vez primera, tendría la dicha de tocar pincel y óleo. "Lo recuerdo" -dice- "porque mi pasado soy yo". Desde esa fecha existencial las porciones de óleo y los pinceles se transformaron en un hecho fortuito: "Me dediqué a soñar con lo que siempre había querido ser: un experimentador de la luz".

Sumergirse en las retículas de luz y textura de la obra de Arturo Millán es recorrer las inverosímiles estructuras que adivinaban los rayos celestes, cuando tocaban tiernamente la amarillez íntima de nuestros barcos atravesados por la espada solar, generando ante nosotros lenguas de la inocencia en este analogon simbólico de trópico llamado Margarita.

Y de eso conoce Arturo "de Córdova" Millán, quien se iba todas las tardes a ver el horizonte, el azul impaciente del mar y la refracción de la luz, magia de plumas ante una retina presta a consolidarse en el tiempo; las viejas vaticinadoras de Porlamar decían que él lo que estaba era enamorado. Porque pareciera que la soledad, el mar y el hombre tienen sabiduría de amor. Seres de agua salpresa, vivísimos seres, a los que siempre ha amado en nuestras márgenes de caracoles.

Hay una preocupación ontológica en Arturo Millán, él no quiere explicarle a nadie nada de su obra, él es un incansable estudioso de la negación; por lo que un día lleno de rabia y melancolía inundó de pretérito las dudas, las mismas telas que anteriormente le había dedicado a la sublimación del color. Reconciliarse con el espacio caribeño, es volver a sus costuras de piano singer, amarras de horizonte o con aquellas situaciones emocionales, imágenes guardadas o huellas acústicas que aún repican en el fondo del mar para que vayan por ellas... porque en su trabajo de la luz, se da un ascenso a un nuevo lenguaje de matices y variantes que nos conduce al solar donde él quiere descubrirse.

En sus primeros trabajos se da una especie de desgarramiento del principium individuationis que logra convertir el fenómeno artístico en una metamorfosis de tonalidades y objetos en presencia de un círculo que no es casual. Un útero solar desde donde se desprende toda la existencia luminosa del cosmos. Un símbolo de nuestros indígenas latinoamericanos fuente de la cosmovisión y de la alimentación: el casabe. Trazos de agua dulce que dejan huellas en las pupilas del silabario de luz. Así fue pasando el tiempo, y en medio de las lecciones en la ciudad capital y posteriormente París, se produciría un retorno de figuras claves que localizamos como enigmas para descifrar cuestiones culturales.

La preocupación gnoseológica lo traslada a lugares equidistantes en su propuesta plástica, acercándolo por breve tiempo a elementos universales de nuestra evolución material y espiritual. La sinfonía de sombras que acudía al pueblo con sus volúmenes de trabajo queda en custodia de Arturo Millán; a la orilla del mar se celebraba el encuentro de la comunión: naturaleza muerta en maras de abejas.

Arturo vive de un trabajo plástico intenso, confrontando una preocupación que se ha convertido en una lucha desigual y fraterna, ya no con la luz directamente al iris originario de la creación, sino con la actitud irreverente de un monje que se esconde entre estudios, explicaciones y experimentaciones de objetos gestuales que le acosan a interrogantes. El entrecruzamiento de grafías ancestrales y telúricas con vestigios antropocéntricos como la cruz o la equis, representa la mismidad del tiempo y el salitre, vinculación íntima a la presencia de la terredad.

He aquí donde el escarbarse los códigos con puertas entreabiertas y pinceladas anaranjadas de barcos en la frente, es pactar con Dionisio el bebedizo de un paisaje humano que existió de una impresión de puerto. El arqueólogo de la luz está impactado; y comienza ahora su regreso con materiales oníricos y descomposición de tintura y óleo; andará con el significante en sus manos; descifrando en el color una manera de curar las heridas de los barcos; lo que mi amigo Le Corbusier definió un día como "nuestra salvación".


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