El paisaje interior

de Adolfo Golindano

 

Luis Emilio Romero

Adolfo Golindano, en su discurrir frente a la tarde crepuscular de Juan Griego, parece anclar sus recuerdos en el ápice del Vuelo de la Gaviota, seguir una lectura recóndita tras sus huellas. Al sumergirse un navío se pierde tras el incendio que produce el hundimiento del día en el horizonte. Frente a esta acuarela de rosados, azules, anaranjados, rojos y las voces cercanas de una mujer gritándole, desde la orilla, a su hijo cómo debe arreglar los aparejos de la embarcación, -la memoria es agua y rumor- "Me trajeron desde Caripe del Guácharo a Margarita muy pequeño". Su recuerdo más antiguo lo lleva al día, en que plantado en el atracadero de Puerto La Cruz, el ferry Intumaca II abrió compuertas, para traer a su familia Alba Castro, Ángel Golindano (enterrado en Porlamar) y demás hermanos a la Isla Grande. Días después, de la mano de su padre, entra a la escuelita de la Calle Mariño, no sin antes pasar por la librería del señor José a comprar cuadernos y lápices.

Primeros Indicios. Frente al pizarrón negro, la religiosa invita a los alumnos a copiar una caligrafía que ella va escribiendo, visible a todos. Entre el grupo, un niño se siente perdido e inseguro con el lápiz sobre las líneas del cuaderno, sin saber qué hacer. Apenas cuatro años de humanidad no le posibilitan la habilidad motora de la escritura, "Más que escribir dibujé los arabescos de la pizarra, y la monja asombrada exclamó, ¡este niño sabe escribir!, claro, su asombro fue mayor, cuando una vez parado en la pizarra, para tomar el dictado, y escuchando lo que debía copiar, dibujé lo que escuché. De ahí en adelante fui el centro de atención de todos."

Ahora voy a hacer lo que más me gusta y lo que mejor sé hacer. Una vez, en el taller de arte del complejo cultural Rómulo Gallegos, recibió clases del maestro Asdrúbal Marcano y de la profesora Fabricia Mariani. Luego que el maestro observó sus trabajos, le indicó, casi con discreción, que estaba perdiendo el tiempo en Margarita y le dijo -¿Por qué no te vas para la Escuela de Artes Cristóbal Rojas de Caracas? a lo cual Golindano constestó: -Maestro, yo vengo de la capital, y no quiero regresar. Sin embargo las palabras del maestro Marcano le indicaron que debía seguir otro camino. Comenzó entonces, con el maestro Pablo Artal, a ahondar en los estudios de la perspectiva.

De allí en adelante, Golindano consolida su desarrollo como artista, siempre desde adentro, configurando espíritu y sentido artístico para modelar y prefigurar un universo simbólico personal, conforme a sus deseos. En esa primera etapa todavía no había llegado el óleo, sólo dibujaba con pasteles y acuarelas.

La percepción puede llegar a convertirse para la piel, en una fiesta, en un solitario ejercicio de gravedad. Golindano muestra especial interés en dar espacios a su obra, poblarla de un equilibrio entre los colores y las texturas. Su onirismo personal se traduce en un reto para la mirada, que puede evadirse a partir de puntos de fugas y extraviarse con su propio comienzo. Se esfuerza en vigorizar el dibujo, llevado de una fina consistencia que proclama formas inéditas.

Al principio fue el surrealismo. Posteriormente cobra mayor fuerza el desarrollo de segmentos cromáticos, con una clara sugerencia hacia la evocación de elementos reales. Un poco de abstraccionismo agrega vivacidad. El expresionismo basado en el color es el toque de piedra de esa magia ritual de Golindano. El color es materia de estudio obsesivo, la disposición del equilibrio como compensación en la obra lo lleva a cavilar con una pertinencia de orfebre. Su única frontera es la necesidad expresiva frente al hecho pictórico.

Ese afán de búsqueda y confrontación lo llevó a Berlín en 1966. Una ciudad gris lo recibe en medio de su reconstrucción, de su heredad bifronte producto del derrumbamiento de un muro que la condenó a la segmentación y al dualismo mental.

Dos meses de estadía en ese país, y ya estaba montando una exposición en el Taller de las Culturas de Berlín, una institución, como miles subsidiada por el senado. Posteriormente incursiona en la Galería con "Códigos Cromáticos", exposición que dura tres meses, noviembre-enero de 1997. Golindano comenta: -Tú te imaginas, amigo mío, aquella exposición de colores, en medio de aquel invierno berlinés. El trópico derritiendo los lentos grises de una atmósfera humana expectante.

A partir de ese momento no ha cesado de exponer individual o colectivamente y es ahora cuando le queda por navegar en estas agitadas aguas de las artes plásticas.


Luis Emilio Romero (Coche, 1957). Poeta y sobresaliente libador. Ha publicado Descalzo (poemario).


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