Verbo y poesía en la pintura

de Pedro Ángel González

Tomás Freites Paz

El maestro Pedro Ángel González, pintor y grabador, nació en Margarita en 1901. Quince años después salía hacia Caracas a realizar estudios en la Academia de Bellas Artes. Pero salir de su isla y llevarse por dentro todo el sol fue lo mismo. Se llevó en las pupilas la penetrante claridad, la visión ululante del mar, la brisa que despeina los cocoteros y el cántico místico de los recios pescadores. Sabemos eso, no porque alguien nos lo hubiera dicho, sino porque lo escuchamos en el diálogo silente con telas y colores.

Hay algo más que pintura en los lienzos de Pedro Ángel. Hay más que dibujo, esa sorprendente habilidad para captar rasgos invisibles de gentes y cosas, y decir a través de ellos lo que podría no precisar un espectador curioso: un secreto muy oculto de sombras y luces, de formas austeras y hasta de sonidos. ¿No habrá escuchado usted el batir de las olas entre las piedras?, ¿no habrá atendido a cómo se retira el agua entre la arena?, ¿no ha visto cómo se esconde, y luego, cómo se ahuyenta el sol entre las arrugas del tiempo?. La pintura de Pedro Ángel González tiene esa condición, la de poder transmitir a quien lo quiera ver, un mensaje de palabras dibujadas, no escritas, ni pronunciadas.

Era descollante entre los grandes paisajistas venezolanos, conocía las técnicas acuciosamente, los valores texturales, la línea, el color. Sabía muy bien sobre la fuerza que debe llevar un color ubicado en los primeros planos, lo tenue y esfumado que puede ser un azul, un violeta, un blanco indicando lejanía.

Pero no se trataba sólo de técnicas, de perspectivas aéreas o lineales. Había mucho de poético, casi filosófico, en las telas templadas por la mano de aquel gran maestro. La pasta era colocada sobre cada espacio, no sólo con la intención de representar las veleidades del paisaje, sino también transmitiendo una emoción, un sentir. Bajo ese concepto, la pintura de Pedro Ángel era un estallar de sentimientos, un trasegar de sosegados instantes. Efectivamente, aquel era el arte del sosiego. No ilustra ningún trazo de nuestro pintor, ningún momento de atormentados saltos, ni de explosivas vehemencias. Compárese con los cuadros de Jacobo Borges, o con los de Régulo Pérez, en los que se ofrecen rictus grotescos en violentas luchas sociales, rostros de esbirros, armas tenebrosas.

En Pedro Ángel sólo se escucha como un tañir de vientos entre colinas, melodía de atardeceres huyendo entre las lomas y las praderas. Algo plácido baña todos los ambientes. Nada lóbrego, ni tenebroso, ni escandaloso. Pedro Ángel era un pintor de quietudes, de espumas y de soles. Cultivó maravillosamente el dibujo a carboncillo, a lápiz, la acuarela, el grabado, el óleo. Pintó calles de Caracas, panoramas de diversas ciudades, La Guaira, el litoral central. Pintó marinas de placidez inolvidable. Por eso decimos que Margarita se le vino encima, lo acompañó toda la vida en el instante de contemplar cualquier otro paisaje, como si al estar mirando a otro lugar, estuviese siempre mirando hacia el mar de La Restinga, hacia los cielos de increíbles azules de Nueva Esparta. Miraba perennemente hacia su pueblo, como si se sintiera permanentemente mirado por su tierra, escudriñado en su espíritu por un sol implacable, por la enceguecedora luz de aquel terruño natal.

Todo ello, técnicas y sentires, van a guardarse indeleblemente en la pintura venezolana. Y van a reflejarse en obras posteriores, incluyendo en la de aquellos artistas que lo adversaron plásticamente, porque fue así como surgió desde sus principios la pintura en Venezuela y así se conformó una personalidad de tintes perdurables, cuyos rastros pueden aún rastrearse entre los creadores más recientes, aún entre los cinéticos y entre los de la holopintura, porque son rasgos hereditarios que conforman un total de la pintura que se ha hecho en este país. Pedro Ángel contribuyó a conformar ese aliento, esa espiritualidad.

¿Cómo es el Ávila que él solía pintar? Abajo, en lo que llaman los investigadores el primer plano, algún camino en el que la tierra es rojiza con grietas anaranjadas atenuadas por ocres y pinceladas neutras. Más arriba, empiezan los verdes, toda una gama de follajes. Luego, los cerros, volúmenes contorneados por azules, violetas y grises. Más allá, detrás de brumas estremecidas tenues luces, las altas montañas resguardando sus majestuosas formas entre azules poderosos doblegados por matices grisáceos y rayos de sol.

Una marina de Pedro Ángel es: allá el horizonte de azul casi turquesa; acá, la ola que revienta en las piedras que hacen sombras ocres, terrosas, sienas y grises. El amarillo de Nápoles cubre lomos de rocas y caminos, el blanco de titanio modera los vigores. La vertical del cocotero incurvado se yergue de pronto y, serranías lejanas, bañadas por la luz que escapa, vislumbran su somnolencia.

Hay ritmo de reposo y poesía de égloga en la pintura de Pedro Ángel González.


Tomás Freites Paz (Caracas), inició estudios en la UCV, pero terminó estudiando en Moscú donde se graduó de médico y luego estudió literatura rusa. Es el cronista cultural de Maturín.


 

Contenido / ¿Quiénes somos? / Ensayo - Opinión: Editorial El detalle que faltabaEl paisaje interior de Adolfo GolindanoEl surrealismo y los pueblos primitivos"El Guanaguanare" Jesús Ávila: ¡y dale perola! / Francisco Gutiérrez, el poeta "Panchón" /  Verbo y poesía en la pintura de Pedro Ángel González /  La fotografía desde mis afectosLa Asunción de siempreAlfabetización para la autogestiónReseña de Libros   / Cuentos / Poemas