Poemas

Santiago Montobbio

Escena

Nosotros esperábamos jinetes, jinetes no sabíamos de quién,

jinetes quizá de nadie. Alguien tenía que enviar jinetes,

eso nos dijeron, por eso los esperábamos. En calmar llagas

con vendas de silencio

matábamos el tiempo. Así

esperábamos jinetes. Pero

ya no esperamos. Porque en esto

se nos fue la vida, pueden

reírse, en esta escena.

             Todo

era un engaño.

 

Toda historia

Toda historia es simple y se me olvida.

Quizás me fui a tomar café, quizá la amaba

y me perdí entre jardines de piernas esmaltadas

que fueron juncos trenzados de palabras

y después retama que mi lengua de trapo

había hecho trizas. Quizá fue el amor,

quizá el café, tal vez la noche. El recinto

sin madrugadas, con sangre y lunas rotas,

el recinto, el barranco de dientes oxidados

o el valle de hojas de afeitar dulcísimas

no hería o no existía. Quizá fue el café

o fueron sus piernas, o quizá la amaba.

Toda historia es simple y se me olvida

en las axilas de mi ciudad tristísima.

Sabedlo ya: mis ojos no se acuerdan de qué miran.

 

Una mujer

Una mujer se hace así: sobre las espinas del sueño,

con un poco de luna y como escogida cárcel

donde la luz se amanse. Una mujer se hace así,

y si no debería hacerse de un modo parecido.

 

Lo dijo el policía

Las memorias se venden bien, pero su precio oscila.

Dependen de si guardan árboles, lagos, travesuras de infancia,

columpios o lunas, algo que se llamó ideales

y también amores, abuelas tiernas, huesos, frutas.

Sí: los sueños ya suben mucho, y sobre todo algunos.

Y para poco gasto tenemos las de algunos que sólo cuentan

tiempos perdidos y que a lo sumo fingen

llagas de sombra con rostros de tarde o de tortuga.

Nada es. Pero alcanza a cualquier bolsillo.

Yo ya siempre lo había dicho: las memorias

de los poetas castrados

nunca valdrán un duro.

 

Detrás del cristal

Pero se ve, pero se mira e, incluso,

aunque sólo sea sombra, se respira.

Lo sé al compás del silencio y con madre lluvia.

Lo sé y lo sé dormido. Detrás del cristal, de nuevo alcohol

los astillados ojos y siendo otro en un bar gris

o absurdo: ahora es otro nombre de nunca,

ahora te lo regalo, ahora es mentira,

acaso para mí ya no tú sino nadie abraza

y aunque ceniza es cada amor, cada palabra,

aún se ve o se mira, se ve, mira, se mira

y acaso mañana descubra similares castigos

en la infamia de una vida

que incansablemente

me atardece.


Santiago Montobbio nació en Barcelona (España) en 1966. Licenciado en Derecho y Filología Hispánica. Profesor de "Historia del Derecho" de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). Publicó por primera vez como escritor en la REVISTA DE OCCIDENTE en mayo de 1988 (Madrid, N’ 84).