Reguesal

A Porlamar hay que sembrarlo de nuevo

Perucho Aguirre

Un puerto es una encomienda tejida por las manos hacendosas de un hombre de mar. Una carpintería de ribera. Bodega de a bordo. Sentina repleta de partir, quedarse o arribar. Un encargo de ultramar que se aleja en una proa dispuesta a seguir realizando milagros. El milagro de pescar infinitas vidas, para evitar infinitas muertes. Por eso, todo puerto es una esperanza. El dibujo de un niño. Una permanente aurora. Recado hinchando sus velámenes en los himnos de todo viento marinero. Adiós, resolviendo sus tristezas y ansiedades entre redes, anzuelos y voces amanecidas de abrazos y pañuelos. Mirada escondiendo su sonrisa en la pena de una lágrima o en el asombro cotidiano de un azul que jamás decolora.

Un puerto es un horizonte anhelante, bebiéndose diariamente su copa de anaranjado color. Por eso es un vocerío alegrando todo fogón de ranchería. Jamás mal pensar, calumnia o congoja. Un puerto. Piñata multicolor colgada del cielo para cantar y poetizar. Es eso y mucho más. Un Parnaso que comienza con un sueño azul y, al despertar, no lo cuenta para que se haga realidad, certeza. Un poema de romper corazones sin dañarlos. Canción de abrir sus ventanales para que él, el puerto, hecho sonrisa, salga vestido de luz a recibir su serenata de amor. Por eso un puerto es un murmullo de espumas que no se repite. A este mendigo, aún divino, que es el puerto de hoy, con las manos extendidas, sólo le queda una ilusión.

¡La de que lo amen! Por eso en él no cabe otro amanecer que no sea de pan, un silencio más, que sea de amor.

A mí, una vez, me trajeron de La Ciudad, huérfano de un amor, pero con otro en mi pecho y sobre mis hombros. El de mi madre, Ana Matilde.

Me trajeron y lo vi con estos ojos que aún se niegan a aceptar y comprender tanto terrorismo infernal. El primer puerto que vi.

–Porlamar... Aquella empanada de Guillermina.

Y me enamoré de él. El puerto azul que me ilusionó con su Puente Sucre que era como un templo de Atenas, por donde corría el preciado riachuelo con sus cánticos viejos y sus celedonias, su faro y su poético malecón. Con su Hotel Tropical. Aquel puerto en el que el chef Cachicato nos enseñó a cocinar estrellas y a brindar plenilunios en El Colindante. El puerto de La Mar aquel que hiciera Jesús Castro y que tan certeramente nos retratara Saviñac, con sus empalizadas de yaques, tunas y cardones abrazadas por la excelencia de los afectos y la irrompible vecindad. Reliquia sagrada, aquella naturaleza de paz y armonía, donde nada era feo y, en donde, todo, todo era un asombro, una festiva interjección.

Aquel puerto donde comencé a soñar y a amar y en donde me enamoré por vez primera. Ya aquel puerto donde Licho Natalia y Nedín me hicieron músico no está. Me lo han robado miserablemente. Por eso, ando como lucero sin luz. Errante y peregrino que ya no puede con el luto de sus noches, ni con el cuerazo de un nuevo amanecer de incertidumbres. Por eso es que pretendo nacer cada día. Ser como esos puertos de siempre que son encomiendas repletas de sueños, viajes y esperanzas. ¿Cómo querer vivir en un puerto abatido, extenuado e hilando miedo, sólo miedo? Tendríamos que quitarle ese trapo sucio de la mirada, para poder verlo, nuevamente, colmado de trinos y abejas. Y no permitiendo que la pena sea tan larga y el desamparo sea póstumo.

¡Sembrándolo de nuevo y con su Felipe Díaz de lecciones!

Sólo así nos serviría su red. No para pescar peces ni resolver estómagos. No. Para atrapar y enterrar tanta infección que nos tiene la existencia en esta continua pesadilla de hoy... ¿Azul?


Perucho Aguirre (La Asunción, 1940), educador, músico y poeta. Desde hace muchos años ejerce como docente en Maturín. En 1990 obtuvo el Premio Poesía del IPASME.