Relatos

Earle Herrera

Cruce de desiertos

Medió el día último de abril, tal vez de julio, y el pájaro silente se desprendió exangüe del cielo; la lagartija madre, enceguecida de luz, no encontró sombra entre las ruinas en línea recta con el sol. Vimos emerger del polvo a los arduos hombres del desierto, las cantimploras contenían sus desalientos, nada más. Cuando estuvieron cerca –criaturas sin oasis– lloraron frotándose los ojos con arena: se negaban a creer que los de aquí éramos espejismo, pero al acercarse más, tanteando el polvo cenital, pudieron comprobar nuestra condición ilusoria y fútil. Tampoco nosotros, que corrimos con júbilo, pudimos abrazarlos.


Aguas del miedo


En torno a las cenizas del fogón, meditamos la derrota, bajo un sol que nos acusa. Con las mismas ramas secas de nuestros antepasados, quienes dominaron el miedo y el fuego –de allí tanto reproche de los astros–, trazamos círculos de dudas en la tierra y pedimos explicación del infortunio. El viejo y sabio guerrero, despertado de las fiebres antiguas con leche de
animales extraños, dice por su herida:  -¿Cuál derrota, donde no hubo batalla? El enemigo, despavorido, todavía ha de estar huyendo, como ustedes. No se extrañen, jóvenes guerreros, si por distintos caminos llegan al mismo arroyo y comparten con ellos las orillas. Beban sin temor, más que la sed, las aguas del miedo garantizan la tregua.


Otros combates

Deseas despertar porque el arduo combate que libras en el sueño no se decide a tu favor.

Logras tu objetivo con viejas mañas y al abrir los ojos, descubres al hombre al pie de tu cama, con la espada en alto. Acorralado, añoras regresar a la arena del sueño, donde existen inesperados recursos y salidas, incluso despertar.

Tardía decisión: allí está el sol en la ventana, muro infranqueable entre aquél y este combate.


La canción del espejo

El parroquiano entró al bar y se adueñó de  solidaridad de la rocola, de la noche completa y de una insufrible canción de viejos puertos y naufragios humanos, como el suyo. Durante horas desaguó su descorazonamiento sobre el surco del disco, de cuyas revoluciones no apartó ni un momento los ojos. Implicó a todos los presentes en su pena, sin decir palabras ni aceptarlas. Casi al amanecer, en la última migaja de la madrugada, en silencio como llegó, buscó la puerta para abandonar el lugar. Afuera, la navaja en la diestra, lo esperaba otro despechado, al que había obstruido el desahogo. Con el dolor de algún desengaño atroz en la cara sombría, el hombre lo
aguardaba, dispuesto a enseñarle que la pena se respeta o se comparte. Sin arredrarse, avanzó hacia él y al hacerlo, notó que caminaba hacia el espejo, pero ya era tarde.


Earle Herrera, nacido en El Tigre, estado Anzoátegui. Periodista, poeta, narrador y humorista. Es docente de la Escuela de Comunicación Social de la UCV.