El patio

Adriana Cabrera

–Me asombra que a estas alturas no sepas cómo tratar a un hombre.

Y la mujer permanece sentada en el mecedor, mirando en actitud de madonna plácida las matas retorcidas en el fondo del patio, en espacio de muerte continúa una mano sobre el vestido blanco que refleja los amarillos y los rojos y los violetas del parque fresco en la frescura próxima de las gotas que ciñen el aire. Sobre un trípode se levanta un tiesto con claveles rosados reanudando el torcimiento de un pie leve y las vueltas de montaña rusa del brazo de madera hasta la mano lívida de la mujer que parece dormida pero no lo está, que parece muerta pero piensa cómo se trata a un hombre.

Descansando la sombrilla roja en el piso rústico, extendido hasta las luces y las sombras del patio con sus flores serpeadas. La mata de plátano, solitaria, al centro, repite a la mujer, meditando, sólo faltaría un gato junto al matorral del muro.

–Ya había presentido tu juego. Te encargaste de confirmarlo en ese gesto de acercarte fingiendo recato frente a mi puerta. Te asomabas a mis cartas y a mi diario simulando un respeto exagerado. Ya me había fijado que te aferrabas al marco de la puerta con uñas lívidas. Cuando revisé mi diario vi la impresión que un sudor de terror había dejado en sus páginas. Sabías que te iba descubriendo; si te espantaba mi sufrimiento, ¿por qué lo dejaste correr y lo alimentaste?

Y la mujer, la cara vuelta hacia el patio, ignoraba el bigote oscuro, la camisa de cuello demasiado alto para una cara tan larga. Para un cutis tan terso y tan poco varonil. Y mientras el hombre continuaba con su cháchara interminable, dándose por aludido de toda la inmovilidad de la mujer, ella miraba en el edificio del fondo, contra el cielo nublado que limitaba con el muro del patio a las gallegas asomadas a la ventana: la que tenía cara de buena y la otra, que no tenía cara porque se

la tapaba con un trapo como si tuviera dolor de muelas. La buena se ponía una flor roja en el escote, de modo que casi todo era rojo y negro, porque detrás se veía la casa oscura en una negritud plena y sin ningún brillo de objeto. Y le habían dicho que sus maridos les pegaban. En todo caso, muchas mujeres parecen tranquilas en sus horas más contrarias.

La buena tenía el defecto de asomarse a la ventana con aquella flor en el escote negro, dándole a sus ojos enlutados un brillo de picardía que confundía a los hombres y los arabescos de sus manos atravesaban la sombra de las cañerías, hasta los ojos de los hombres, a su vez con esos aires de picardía que se repetían en la mirada de la mujer, confundidos los sentimientos sombríos en los hombres con arabescos en las manos y que hacían a la otra cubrirse el rostro con aquel trapo que le dejaba sólo los ojos en los que la mujer que contemplaba el patio no podía leer nada sin la ayuda de la boca de esa otra, y así, en el aire fresco y en la frescura próxima del patio, la mujer cortaba la historia pensando cómo se trata a un hombre.

–Había tenido esperanza una vez. Recuerdo cómo hacías despuntar tu seno por entre la bata ¿blanca? ¿azul?: tal vez era blanca después de todo. Recuerdo el cuidado con que te la bajabas por el hombro, concentrada en ti misma, consumida en ti fingiendo que yo no te veía, haciendo que yo me fingiera avergonzado y, por tanto, en desventaja ante tanta fingida castidad. Lo había presentido y me dejé engañar.

Y la mujer, recordando el incidente de la bata blanca que parecía azul, evocaba los objetos inverosímiles o demasiado oscuros en el baño, fosforeciendo en el aire con ese aire de ultratumba, sin contornos la bañera húmeda en la tarde sucia, flotando en esa penumbra de luz de claraboya, donde, desde siempre, habían existido ventanas grandes y la losa ya era verde, muy unida, cubriéndolo todo hasta que el grifo exacto le salía al paso en una audacia moderna, semicurva, demasiado grifo para un baño de aires tan viejos. Ella se echaba allí a mirarse las arrugas de la barriga, la amenaza de una vejez tortuosa y comprendida, con una atención indiferente como dicen que enfrentan los hombres la insinuación de las grietas en el cuello. Ella, indefensa en el agua tibia, con cara de seriedad.

–Es de verdad extraño que a estas alturas no sepas cómo tratar a un hombre. Tuvo que correr el rumor en sus interminables círculos para que yo me enterara demasiado tarde de la infinita repetición de tu juego. Tuvo que alcanzarte el tiempo desde aquella primera vez para tocar esta telaraña presente que terminó por tocarme, esos hilos que no se separarán de ti y que seguirías tejiendo aprovechándote de mi debilidad y de mi confianza. Esa es tu condición y es inútil que trates siquiera de retenerme o explicarlo, pedir perdón o corregirlo...

Y la mujer, que parece dormida pero no lo está, de pronto voltea el rostro cansado; piensa que mañana será un mejor día para escuchar, mientras que, en el centro del patio, la mata de plátano la repite en su actitud recogida, donde sólo faltaría un gato junto al matorral del muro.


Adriana Cabrera (Cumaná, 1969), escribe poesía, cuentos y ensayos. Es docente en la Universidad de Oriente, en su ciudad natal. Su poemario Los nombres silenciosos fue publicado recientemente.