El capitán Treviranus

A la memoria del capitán de altura

Jesús (Chucho) Fernández Gómez

Al grito de: "¡el guamachín cortó el palangre!" todos nos pusimos alerta. Era una noche cerrada sin luna, solamente la luz de las estrellas iluminaba el celaje de las olas. En aquella inmensidad de mar, a muchas millas al noreste de la Guayana Francesa, parecía imposible intentar recuperar el equipo de pesca de atún. Otros eran los pensamientos del capitán Treviranus. Él prestó atención a la dirección de la corriente, la posición del barco, el viento, y fijó rumbo. Luego de una media hora se escuchó la voz del vigía: "lámpara a tres millas sobre la proa". Por más que agucé la vista tardé unos cuantos minutos para ver la débil luz. Recobrada la línea del palangre comenzamos el trabajo de recuperar las boyas, anzuelos y lámparas. El guamachín apenas había dejado unos centímetros de las cabezas del atún. Tal era el enredo del palangre que ya era avanzada la mañana cuando terminamos el trabajo.

Me encontraba en el Robledar, un barco japonés diseñado para la pesca de altura del atún mediante el sistema del palangre. Cuando el capitán Treviranus lo compró en las islas Canarias, en 1966, ya era una nave a la que le faltaban todos los elementos para su rendimiento óptimo. Carecía de piloto automático, el radio transmisor se encontraba dañado, el bote salvavidas estaba destruido por los roedores, el compresor de enfriamiento por amoníaco al poco tiempo tendría fugas y, para colmo, el precio de la captura no alcanzaba para los gastos de la campaña: ¡dos bolívares por kilo! Todo esto lo enumero después de 35 años. En aquellos tres meses que estuve abordo no hubo una sola noche de tedio. Todo lo contrario. Una vez sobre la cubierta me di cuenta que estaba bajo el mando de un lobo de mar. Por mis lecturas de la prensa del siglo XIX, el capitán Chucho se convirtió en el Capitán Treviranus. Eso le agradó. El verdadero capitán Treviranus era un hombre sin nacionalidad que navegaba balandras en Filadelfia y las costas orientales de Venezuela, donde con frecuencia se veía en serios problemas.

El capitán Treviranus de esta verdadera historia era un marino mercante de escuela nacido en la isla de Margarita. Había trabajado en cuanto barco existiera, desde el modesto transporte de carga y pasajeros, hasta trasatlánticos, remolques y supertanqueros. Él fue de los primeros capitanes venezolanos en  comandar barcos de la Shell, cuando eso era una exclusividad de los capitanes ingleses. Si su corpulencia llamaba la atención más aún era su voz que llegaba a imponer sobre las olas, como cuando nos encontramos sin combustible en medio del Atlántico y pidió auxilio a un camaronero de Surinam. Si de algo me arrepiento es el no haber estado a su lado cuando después pescó bacalao en los bancos de Terranova en campañas que duraban seis meses y carentes de la moderna tecnología. De allá quedó marcado en el rostro cuando quiso disciplinar a un marinero insubordinado.

Así como era implacable al imponer su criterio, también era hombre compasionado con la gente. "Escribo la palabra amigo con ‘h’, ‘h’ de hermano" —decía. Cuando llegó al puerto de La Guaira procedente de las islas Canarias, a su lado se hallaba un camaronero con un solo tripulante. Había logrado cubrir esa ruta gracias a la ayuda que salía del Robledar tanto en víveres como combustible. También él se contradecía porque afirmaba que tenía tantos amigos cuantos dedos tenía en una mano y aún sobraban.

De La Guaira el Robledar pasó a Puerto Sucre en Cumaná. A comienzos de noviembre saqué mi cédula de marinero dispuesto a la aventura. En esos días me encontraba imbuido en las lecturas de El barco de la muerte y Rayuela. Había descubierto los libros de B. Traven, pero el que llevé a bordo del atunero fue la obra de Julio Cortázar. En algún lugar guardo ese ejemplar con las manchas de grasa de la máquina del barco, pues el capitán Treviranus, al descubrir esa posesión, decidió leerlo primero. Él no sólo era un buen marino, mecánico, astrónomo práctico, también era un lector voraz. Capaz de recitar de memoria poemas de Andrés Eloy Blanco.

Eso ocurrió en Paramaribo, a donde recalamos por enfermedad de uno de los marineros. Allí se encontraba de cónsul el poeta y diplomático trujillano Enrique J. Miliani. Eran tiempos de cuando todavía era la Guayana Holandesa. El exotismo del puerto de Paramaribo era impresionante por lo silencioso del ambiente, la lengua taqui-taqui, el colorido de las diferentes mezclas de pueblos: hindúes, africanos, javaneses, indonesios, amerindios y holandeses. La única distracción nocturna era el refugio de buscadores de diamantes, en un bar donde una brasilera sin ritmo y sin calor bailaba despojándose de sus ropas. Hacía calor en el tugurio y afuera soplaba un viento dulce. De regreso a la casa consular y al frescor de la madrugada, el Capitán recitaba: "Aldebarán…".

A la salida del río Paramaribo, la propela del Robledar golpeó el tronco de un árbol. El daño se manifestó a los pocos días y el capitán decidió dirigirse a la Guayana Francesa. En el trayecto avistamos a la isla del Diablo. La tarea de enderezar la propela en Cayena contó con la ayuda de otros capitanes de pesca margariteños. Durante la noche pernoctamos cerca de la plaza de las Palmistas. Quien nos hospedó nos ofreció por lecho el piso de madera. El Capitán Treviranus no podía conciliar el sueño después de la fiesta. Cuando me desperté después de un descanso de pocas horas, afuera, él meditaba en uno de los bancos de la plaza.

De vuelta al mar la campaña fue un fracaso. Sin combustible, con los pistones de la máquina resentidos por la falta de lubricantes y de gasoil, lo huidizo del atún, después de dos meses, el Capitán decide regresar a tierra. En Caracas lo esperaban su mujer y cuatro hijos. Eso fue en diciembre de 1966. En abril del siguiente año salí de nuevo en el Robledar. Mi condición era distinta, antes había sido la de camarógrafo, reportero buscando aventuras; ahora era un simple marinero. De la experiencia última no hubo sino trabajo, problemas con la refrigeración, el equipo para levantar las piezas en mal estado. Fue una campaña corta y sin resultados provechosos en lo económico.

Poco después, el capitán Treviranus se desembarcó del Robledar y no quiso saber más de él. Inútiles fueron todos los esfuerzos de su otro dueño por sacarlo a producir. Una noche de fuerte oleaje lo dejó sobre una playa de la isla de Margarita. La noble figura del barco sirvió para tomas fotográficas de un comercial. Nunca quise acercarme a sus despojos. Quería sólo recordar los pensamientos que me acompañaban cuando a bordo de la nave, en medio del océano me daba cuenta que el fondo del mar se encontraba a miles de metros y que tenía al cielo estrellado por testigo. Me encontraba seguro, tenía como piloto al capitán Treviranus.

Por un tiempo perdí de vista al Capitán. Muchas veces se encontraba navegando, otras tantas en tierra. Así llegó a los 72 años, ciego, aquejado por la diabetes, pero con la mirada avante, sin queja, sin rencor. Murió en Valencia, en julio del 2001.

Chucho y otras de sus aventuras sirvieron de inspiración al escritor panameño Ernesto Endara. Un lucero sobre el ancla es el título que escogió. La dedicatoria la hizo "al inolvidable capitán Jesús Fernández Gómez, amante de Doña Bárbara y novio de las estrellas". El libro de 93 páginas ganó el premio Ricardo Miró, en 1984, se imprimió en Panamá al año siguiente.


Héctor Pérez Marchelli. Licenciado en Letras, egresado de la UCV. Así como dicta una conferencia en cualquier universidad del mundo, se lanza al mar con los pescadores.